Teniendo como escenario los estados del norte de México, “Los cuentos de mi tristeza” son el recorrido generacional de una misma familia, cuyos caminos, se bifurcan al margen de acontecimientos inesperados llenos de tristeza. La vida de los protagonistas se va hilvanando, conforme van emigrando de sus lugares de origen hacia nuevos horizontes en busca de la felicidad. Alfredo, el personaje de “Huellas de guerra”, excombatiente de la segunda Guerra Mundial, muestra el verdadero rostro que dejó en su vida la guerra; “Rumbo a la libertad”, es la historia íntima de la joven e inocente Prudencia, una cenicienta moderna que debate su libertad al margen de la infelicidad. “Panteones… para llorar?”, “El reencuentro de las Marías”, “Un asilo para Lola”, son historias jocosas que sirven de parteaguas a la tristeza y dolor que envuelve a los personajes; “13 de enero” es el relato más estremecedor de un profundo amor paternal; “La casa de mis recuerdos” y “Sin el recuerdo de su memoria” narran el círculo familiar de los personajes sumidos en la desesperanza, la impotencia, pero en medio de una gran ternura. “Injusto olvido” es quizás, la más enternecedora historia de sacrificio, que hace un examen de conciencia sobre el abandono y la soledad. Los cuentos finalizan con “La niña de las conchitas”, que predice el elemento crucial de los relatos: la tristeza.
La casa de mis recuerdos Es verdad que las casas guardan la historia de sus ocupantes, de sus dueños, de quién o quiénes las construyeron, los esfuerzos que estos realizaron para construirlas, para mantenerlas de pie, qué hechos vivieron antes de llegar a habitarlas. Porqué algunas están en el abandono y el descuido, qué llevó a sus propietarios a ponerlas en venta, a desprenderse de un patrimonio, que en su momento, fue la prioridad de sus vidas. La historia de la casa de mis recuerdos, es diferente a las casas que se ponen en venta porque se acabaron las familias o son producto de una herencia que nadie quiere, que a nadie le interesa conservar. Su construcción empezó en 1962, en una superficie de 488 metros cuadrados. Su dueña ubicó la construcción en los límites del terreno, por un pleito vecinal insignificante, que terminó tapándole el aire a su vecino y también a su propia casa. Pero esta historia empezó a escribirse muchos años atrás, en un pequeño poblado de Nuevo León, donde Elena. Una joven delgada y alta, trabajaba ayudando al médico del pueblo. Con él, Elena aprendió el oficio de enfermera, profesión, que siempre quiso estudiar, pero sus precarias condiciones y las de su familia se lo impidieron. Años más tarde, aprendió a coser. Ella y una prima se convirtieron en las modistas del pueblo. Igual confeccionaban vestidos de novia que disfraces. Las casaderas del pueblo, acudían a ellas para pedir sus vestidos. Y también por las noches, cuando se ofrecía una emergencia, a petición del mismo médico, buscaban a Elena para alguna inyección; la aplicación de un suero o la transfusión de sangre. Para todos estos menesteres, Elena era única y única hija de una mujer, costurera también, cuyo marido la había abandonado a su suerte. Un día, por fin Cupido tocó a su puerta. Desde hacía varios meses un joven vendedor de radios, que bajaba del tren cada semana, la cortejaba en serio y así los dos empezaron e escribir su historia de amor. Una mañana de octubre, Elena vestida con un traje guinda, que ella misma se había confeccionado y Federico con un sencillo traje café, abordaron el tren rumbo a la frontera, para casarse. Estos jóvenes, bueno no tan jóvenes, porque ya estaban bastante grandecitos cuando se casaron, aunque ellos afirmaban que lo habían hecho en la flor de su edad; 38 y 28 años de edad y aferrándose a un último tren. Federico y Elena se casaron en 1947 sellando su amor, en la ciudad fronteriza de Laredo, Texas. La boda había sido reservada y sin invitados. Sus recursos económicos, permitieron únicamente que Federico llevara a comer a su flamante esposa a un elegante restaurante. Caminaron, tomados del brazo, pero al llegar al lugar, un personaje inesperado los sorprendió. De un lujosísimo automóvil, descendía, apoyado en un bastón, el famoso actor del cine mudo norteamericano, Oliver Hardy, “el gordo”, integrante de la pareja cómica de “El gordo y el flaco” y cuyas películas habían dado la vuelta al mundo. Años más tarde emigrarían a la televisión, para convertirse en una de las series más exitosas de la historia. Elena y Federico, detuvieron su paso a escasos centímetros del actor, enseguida le tendieron su mano en señal de admiración, misma que el actor correspondió con un amable gesto que concluyó levantándose el elegante bombín en señal de agradecimiento, como solía hacerlo en sus películas. Sin pronunciar palabra, porque seguramente él no entendía español, ni ellos hablaban inglés, el actor continuó su camino rumbo a la puerta del restaurante, cediéndoles cortésmente el paso a sus admiradores mexicanos. Esta anécdota, la contarían a sus hijos, como su mejor regalo de bodas. Su sueño era festejar en breve y en esa nueva casa sus bodas de plata y porqué no, también las de oro, al lado de sus cinco hijos, un varón (que siempre fue el gran amor de su padre) y cuatro mujeres. La casa fue construida en dos pisos, con un plano no bien diseñado, pues el “arquitecto” era el propio Don Federico y la “Ingeniera de obra”, Doña Elena, habiendo terminado los dos hasta sexto de primaria, sin embargo eso no fue obstáculo para darles educación a sus cinco hijos; que mientras crecían la casa se embellecía aún más, con un enorme jardín, donde las rosas, los naranjos, los limones, la palma, la higuera, los lirios y hasta una pequeña parra enmarcaban la casa en un maravilloso y bello paisaje, digno de un hermoso cuadro. En el centro de la propiedad, se levantaba majestuoso, un árbol de magnolia, una rara especie, que no es muy común por esas tierras tan cálidas; una flor blanca de pétalos grandes, que con su belleza llamaba la atención de propios y extraños. Corría el año de 1968, los hijos ya estaban en edad casadera. Amelia, la mayor se había casado a disgusto de su padre y con la alcahuetería de su madre, con un vecino. Sí con un vecino, sin más cualidades ni aspiraciones que ser un simple mediocre, más corriente que común. Marcos, el típico machista, bueno para nada. Un oportunista que sin ningún empacho, aceptó vivir en una casa de la familia de Amelia, en la de su abuela, que había fallecido un año atrás y se encontraba cercana a la de sus padres.