Se acercó a la ventana despacio, oteando una necrópolis futurista que jamás hubiera imaginado en su reciente pasado, pero que a pesar de ello, había elegido al llegar allí como la continuación de un exilio que años atrás le llenó de dolor y odio, pero que ahora le había dado pequeñas satisfacciones.
-No, es imposible que un vivo quiera respirar la atmósfera que envuelve a los muertos y escuchar el zumbido de las moscas azules a su alrededor.
Aún así, tras unas palabras que difícilmente dejaban espacio para la duda, Moore, acercó el rostro a los cristales.
Todo era quietud en los diferentes montones que sembraban la superficie del cementerio.
-La agonía es la antesala de la muerte, pero solo tú sabes cuantos deseos insatisfechos afloran en esa espera, cuanta fuerza generan y quien es, el que se nutre de ella.
Moore dio un respingo al escuchar aquella voz cavernosa a su espalda. Pegó el cuerpo al cristal, e incapaz de articular palabra, observó a Aker.
-¿Te habías olvidado de ellos?- continuó diciendo mientras se acercaba al músico lentamente-. Míralos- le animó.
Moore, con El Señor de las Moscas a pocos centímetros, se dio la vuelta.
El cementerio no había sufrido ninguna metamorfosis, nada había cambiado en aquel marco de muerte.
-El poco aliento de vida que les queda no les deja espacio para escapar de su destino- le dijo El Diablo acercándose a su oído-. La chatarra les abraza y con su frialdad y pesadez, les dice en silencio que ahí termina su tiempo, que lo anhelado y no vivido ya forma parte de la nada. Es entonces cuando realmente saborean los pocos minutos que les quedan; unos, dejando escapar de su garganta un sonido lastimero que se apaga bajo el hierro y el acero; otros, evocando la fuerza con la que un día intentaron alcanzar sus metas. ¿Verdad que ahora respiras el olor de esa sangre, de ese torrente que aunque ya muy espeso y lento te aporta un vigor que nunca has tenido?
Moore contemplaba a La Bestia reflejada en el cristal; su piel escamosa y áspera estaba a punto de rozar la suya, mientras que su boca, curvada por una sonrisa perversa, dejaba entrever una afilada dentadura.
-Siempre has creído en tu obra, pero no has sabido defenderla frente a los vivos- y acercó los labios al oído del músico humedeciéndole la piel con su aliento-. Te ha faltado ímpetu y te ha sobrado soberbia.